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martes, 3 de mayo de 2011

Ni con Dios ni con el diabl



 El olor a vinagre traspasaba cuerpos, sillas, barriles, mesas. No puedo decir que fuera una gran pestilencia tal aroma. Era lo que heredaba la noche en el Bar del Tuerto.
Todavía ahora, al recordarlo, mi mente vuela a ese instante en mi pueblo perdido entre araucarias y cafetos marchitos. El bar latía en el corazón de la Plaza de Armas cerca del viejo cañón oxidado y machado por las suciedades de las palomas negras.
En el día, sus puertas estaban cerradas, ocultas por las ferias donde los ciudadanos vendían hasta sus almas por unos cuantos gatos o perros, convertidos en esos tiempos en objeto de trueque. Las épocas estaban difíciles y casi se había llegado a situaciones extremas. Una pérdida de fe se transformó en el punto de unificación de la gran mayoría.
La noche tenía otra identidad. Las puertas del bar abrían de par en par a todo el pueblo sin diferenciar clases, géneros, inteligencias y rostros. Sus visitantes iban desde los grandes acaudalados, burócratas, comerciantes, trabajadores y uno que otro delincuente.
El Tuerto atendía siempre con una sonrisa a quien entrara a su bar. Creo que eso le daba un placer único sentirse el hombre más poderoso dueño del segundo centro donde se convocaban continuamente aquellos que buscaban darse un nuevo aire para el día siguiente. Su sonrisa tenía más brillo cuando las mozas giraban en el espacio bajo su control. Ellas daban vida al entorno de hombres quienes después de un quinto trago de chicha roja entraban en calor.
La preferida de los asiduos visitantes se llamaba Iris, como olvidar su nombre. Muchos se derretían simplemente al verla, mas el problema mayor era que el único ojo del Tuerto siempre estaba puesto sobre la más amada de sus hijas. Para él el tiempo significaba dinero, y después del tiempo cancelado con dos gatos y un perro, nadie le podía dirigir la palabra por una semana.
Siempre fue problemático para los enamorados de Iris violar está regla de la casa. No es que fuera una belleza divina para atraer como mosca a la miel a tantos. Le faltaban dos dientes frontales y en su cabello se podía observar una gran concentración de bichos que anidaban en él. La magia de Iris estaba concentrada en su boquita, de la cual salían los cuentos más bellos. Sus historias formaban en la imaginación colores únicos, países lejanos donde los inviernos eran eternos, los veranos cálidos y la muerte no era más el verbo final.
Ella era una flor en el pantano del Bar del Tuerto, Una nube blanca entre los nubarrones eternos en ese sucio lugar. Su hermosura permitía trasladarse al mismo cielo sin tener que mover ninguna ala o aura. En eso radicaba mi problema.
Precisamente por esto mi espíritu sintió el santo objetivo de predicarle la verdad, de sacarla de ese limbo saturado de pecadores, herejes, infieles, paganos, fornicarios, sodomitas y la aglutinación de huestes inmorales. Tenían oídos, pero no escuchaban, poseían voz, pero no hablaban, ojos y no miraban más allá del quinto círculo del espantoso espacio en donde estábamos sembrados sin dar frutos, nada más que gritos y aullidos semejantes a los animales privados de alma en toda una nación laica.
Mi rol, estaba seguro, debía ser de un profeta de la verdad canónica para Iris. Comprendería al ver mis huellas en la espalda infringidas por mí mismo, que me convirtió en la verdad absoluta sin posibilidad de refutarla. Sabría como el espíritu sale del cuerpo por medio del sacrificio. Yo entraría completamente en sus historias bellas.
Cuando pude verla de cerca, puse suavemente mi mano sobre su tierna boca. La empuje con mucha educación hacia la parte trasera del bar. En ese instante, pude oír una mezcla de frases heréticas dignas del peor de los demonios salidos del último rincón de los avernos, esto me lleno de más bondad y perdón, pues me di cuenta que ella, se había corrompido como un cadáver en vida.
Escuché el silbido al cortar el aire, un suspiro como un eco y nada más.
El Bar del Tuerto continúa ahí, y yo también, observando con mis cuatro ojos fijos para ver otra flor mágica, para no sentir que mi luto espiritual es en vano. Siempre necesito una inspiración que corte el aíre para predicar la verdad.