| por Zarko Pinkas
Entre el brillo de un departamento para una sola persona, la solterona ve televisión con sonrisas a momentos. Criada por los arrieros del pueblo y en las cumbres de los cerros del pasado en las casas pareadas que no tienen número, formó, en ella, un carácter pulcro y rígido. Como un viejo sargento o un payaso de circo que actúa las situaciones sin importar su propia vida. La soledad no importa pues me tengo yo, se comenta mientras limpia azarosamente cada adorno regalo en todas las bodas de sus amigas.
La solterona perdió su nombre como a los 39 ó 41 años, no por la crueldad de los niños de los departamentos, sino por decisión propia. Se declaró sola, simplemente no necesitaba de nadie, no sólo de un hombre, no sólo de una bestia machista que la atará a hijos o la golpeara como un animal, por no saber enseñar a la prole dibujar ratones en el cuaderno de pre- kinder.
Renunció a que su felicidad dependiera de otros, a mostrarse débil, a amar a alguien que no llenará el caudal de imposiciones de lo perfecto.
—Estoy preparada para volar y no necesito carga extra, me encanta esta vida, pues es mi vida, no cambiaría mi esto por nada del mundo —pensaba siempre cuando cortaba sus uñas de una forma muy relajada.
Ahora la solterona con ojos miel, deja caer su mirada en un televisor blanco y negro. Ya casi no puede verlo bien, pero no gastará en otro. Para nada, se asegura. Este es bueno, no como los de ahora pequeñas ratoneras. La soltería la convirtió en alguien ahorrativa, para otros avara.
Ella, eso sí , posee un amor: el orden. Su gran felicidad es la perfección que sólo una buena tarde de limpieza puede lograr. Nadie conoce mejor cada olla, cada esquina oscura y sombría, cada pieza de colección, cada vaso de vino agrio que sus manos perfectamente adaptadas para aplicar el orden.
Y así pasan los años, como estaciones sin parada. Un día la solterona es su ordenada habitación mientras trataba de recordar que debía arreglar, recibió un golpe de un pequeño coagulo de su brazo. Un frío subió por el cuerpo y el sabor agridulce le impidió tomar el teléfono, en ese segundo recordó que no tenía a quien llamar, recordó esas muertas ridículas que aparecen en la sección de temas raros de algunos amarillistas diarios; una mal cuento para los familiares en tercer grado, quienes a fin de cuenta caerán como mastines a repartirse el departamento y lo que reunió por años; nada puede cambiar, ya la fatalidad esta echada y a la hora de morir solamente quedan sus latidos en su cuello repleto de alhajas heredadas de su madre francesa.
Vio por la ventana, a un pequeño pájaro que formaba un nido, y sintió una terrible rabia ya que hasta el final no quería un desorden en su hueco personal. Pero un pudo tomar un palo que le servia para espantar a los gorriones. En ese momento, un pájaro negro revoloteo y cantó un réquiem final.
De esa forma, el único objeto fuera de orden fue ella. Pálida, petrificada con los ojos abiertos sin brillo y eso sí con su deseo cumplido de estar sola hasta la hora de su desorden. El televisor le dio luces por días hasta que la policía la encontró por una llamada anónima , provocado por el intenso aroma de morir bien sola.
http://www.lapagina.com.sv/editoriales/35011/2010/07/01/Morir-bien-sola
Entre el brillo de un departamento para una sola persona, la solterona ve televisión con sonrisas a momentos. Criada por los arrieros del pueblo y en las cumbres de los cerros del pasado en las casas pareadas que no tienen número, formó, en ella, un carácter pulcro y rígido. Como un viejo sargento o un payaso de circo que actúa las situaciones sin importar su propia vida. La soledad no importa pues me tengo yo, se comenta mientras limpia azarosamente cada adorno regalo en todas las bodas de sus amigas.
La solterona perdió su nombre como a los 39 ó 41 años, no por la crueldad de los niños de los departamentos, sino por decisión propia. Se declaró sola, simplemente no necesitaba de nadie, no sólo de un hombre, no sólo de una bestia machista que la atará a hijos o la golpeara como un animal, por no saber enseñar a la prole dibujar ratones en el cuaderno de pre- kinder.
Renunció a que su felicidad dependiera de otros, a mostrarse débil, a amar a alguien que no llenará el caudal de imposiciones de lo perfecto.
—Estoy preparada para volar y no necesito carga extra, me encanta esta vida, pues es mi vida, no cambiaría mi esto por nada del mundo —pensaba siempre cuando cortaba sus uñas de una forma muy relajada.
Ahora la solterona con ojos miel, deja caer su mirada en un televisor blanco y negro. Ya casi no puede verlo bien, pero no gastará en otro. Para nada, se asegura. Este es bueno, no como los de ahora pequeñas ratoneras. La soltería la convirtió en alguien ahorrativa, para otros avara.
Ella, eso sí , posee un amor: el orden. Su gran felicidad es la perfección que sólo una buena tarde de limpieza puede lograr. Nadie conoce mejor cada olla, cada esquina oscura y sombría, cada pieza de colección, cada vaso de vino agrio que sus manos perfectamente adaptadas para aplicar el orden.
Y así pasan los años, como estaciones sin parada. Un día la solterona es su ordenada habitación mientras trataba de recordar que debía arreglar, recibió un golpe de un pequeño coagulo de su brazo. Un frío subió por el cuerpo y el sabor agridulce le impidió tomar el teléfono, en ese segundo recordó que no tenía a quien llamar, recordó esas muertas ridículas que aparecen en la sección de temas raros de algunos amarillistas diarios; una mal cuento para los familiares en tercer grado, quienes a fin de cuenta caerán como mastines a repartirse el departamento y lo que reunió por años; nada puede cambiar, ya la fatalidad esta echada y a la hora de morir solamente quedan sus latidos en su cuello repleto de alhajas heredadas de su madre francesa.
Vio por la ventana, a un pequeño pájaro que formaba un nido, y sintió una terrible rabia ya que hasta el final no quería un desorden en su hueco personal. Pero un pudo tomar un palo que le servia para espantar a los gorriones. En ese momento, un pájaro negro revoloteo y cantó un réquiem final.
De esa forma, el único objeto fuera de orden fue ella. Pálida, petrificada con los ojos abiertos sin brillo y eso sí con su deseo cumplido de estar sola hasta la hora de su desorden. El televisor le dio luces por días hasta que la policía la encontró por una llamada anónima , provocado por el intenso aroma de morir bien sola.
http://www.lapagina.com.sv/editoriales/35011/2010/07/01/Morir-bien-sola
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