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jueves, 7 de octubre de 2010

La casa de los perros



La tía, al pensar en su deceso, se me incrusta un aturdimiento entre los ojos. Supe por teléfono la noticia, en medio de la excitación de mis colegas apresurados para salir disparados hacia las paradas de buses y volver al refugio seguro de sus vidas diarias. Una llamada del esposo de mi hermana. Él, con solemnidad, me dice: “te tengo una mala noticia” hasta aquí no más llegamos, mi madre, algo le paso, pensé de inmediato.
-¿Mi madre?
- No, tu tía, la Casa de los Perros, así le dicen en todo el barrio. Oye, una buena noticia, que más se le puede pedir al fin de año. Esa vieja era enemiga para cualquier ser vivo que no caminara en cuatro patas.

En el camino, no pude digerir los recuerdos de alguien que no vive más; y que para mí había tenido una existencia hacia los demás deplorable y detestable, algo común en las familias grandes con intereses de plata. Aunque un cierto remordimiento me envolvió por cortos instantes, siendo más fuerte la capacidad de no olvidar. Perdonar sí, pero olvidar jamás.

Ya de noche, toque la puerta de la casa con una moneda. Desde adentro, por lo menos veinte perros sacaban las cabezas por las rejas, ladrando. Se miraban con hambre, pero gordos. No sé que había hecho con estos animales, pero por primera vez capté, realmente, que ellos dictaban las reglas. De alguna forma tenía que pedir la autorización a la matriarca de la casa llamada Laica para calmarlos. La descubrí por una mancha blanca en el pecho. La llamé con cariño. La perra me reconoció y los ladridos disminuyeron.

Esto permitió que mi primo escuchara y viniera a abrirme. Al verme lloró amargamente, lo abracé y lloré, no por su madre, sino por él y por no saber cómo ayudarlo en lo que se le venía encima. La muerte puede ser algo duro en el momento, y por mucho tiempo después, dando inicio a una sensación de evaporación de las acciones de la vida. Al final termina llenando nuestra mente con objetos irreales, sin materia, sin nombres y armados con ventanas apagadas en un absurdo silencio.

Entramos a la casa que se caía a pedazos de descuidada. Los perros saltaban por todos lados. Al pasar, observé la escena que todavía quiero olvidar. La tía doblada en el suelo con las medias abajo y ese aroma a muerte que ya impregnaba todo. -¿Qué pasó? – No sé. Yo hablé con ella hace días, vine, ya que llamé por teléfono y nadie contestaba -respondió su hijo.

La tía dormía, comía, trabajaba, veía tele y leía novelas en la sala, saturada de papeles viejos de periódico, cajas con revistas de décadas pasadas. Cualquier ser humano semi-normal no hubiera podido vivir o sobrevivir en un sitio convertido en eso. En las habitaciones florecían nidos de artículos viejos, siete u ocho paraguas, cinco video caseteras, una computadora nueva sin usar, más diarios apuñados en cada esquina y arañas. También un museo de artículos vendidos por esos programas de televisión, esperando ahí para ser repartidos entre los familiares.

Yo guardaba silencio pues mi primo no decía nada de ese caos. “Fe en el caos” recordé por un instante. “Fe en el caos” por lo que viví, vivo y viviré, pero estas historias bizarras siempre continúan hasta que los perros no ladren otra cosa.
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Me ponía nervioso los gruñidos de tantos canes y cierta vergüenza ajena por el desorden del lugar. Mi prima con un ademán de señalamiento y tapando su boca, me indicó a una garrapata que subía por el hombro de un vecino curioso, sin que este la notara. El bicho se desprendió solo y calló al suelo a juntarse con otros de su especie.

Dos horas después, se presentaron los tipos de medicina legal, se veían cansados. Uno alto con cara de desvelo y los zapatos desabrochados, era obvio que le sucedía continuamente pues su compañero le llamo la atención con una mirada. Levantaron el cuerpo con tranquilidad, especialista en enfrentar los productos de la muerte. Con suavidad, como sí todavía estuviera viva, la pusieron en una plancha oxidada.

Por la postura del “rigor mortis”, la forma en la cual la sacaron fue la misma como la encontraron. Mejor me retiré, pues tengo el pequeño defecto que al estar muy nervioso, me dan ataques de risa y, en ese momento, las garrapatas, los perros, el desorden me causaron una especie de realce de risa interna; no de alegría, sino por la situación ridícula, el contexto extraño, lo desacreditado de algo normal como la muerte. Me pregunté la razón de no tener un deceso corriente, es decir, en una cama de hospital o en la cama de un hogar, pero no en una realidad extraña y caótica .

Me alejé y encendí un cigarro. Un gato salto por el techo de la casa contigua. Los perros de atrás, aislados por una cerca de madera, gruñían, aullaban y ladraban; esos infundían terror. Al acercarme quince de ellos, uno sobre otros en forma de avalancha canina que ladraban con furia infernal, intentaban morder a quien tuvieran en frente.

¿Qué hubiera pasado al morir la tía en el patio? Estos animales hubieran hecho presa de ella. Una muerte grotesca y sumada, ridícula. Como aquel viejo que muere en un prostíbulo con los zapatos puestos y con una “Viagra” en la mesa, un transeúnte aplastado por un suicida de esos que se tiran de un edificio , o aquel que muere por estar borracho y lo arrolla el tren por dormir en los rieles. Una muerte de titular rojo de periódico. “Muere comida por mascotas” Qué sé yo, algo oscuro, aún más de lo que veía en esa casa, a la cual le habría prendido fuego con todo adentro para purificarla bien.

Eso sí, los perros no eran culpables de la situación, y al encontrar las bolsas de “Purina” de primera calidad consideré que la tía poseía preocupación por los animales. Toda su jubilación se la gastaba en ellos, pero en algún momento se salió de control. Esto no fue la causa de su muerte, más bien eran su razón de vida. Hay personas solas que dejan caer todo su amor en mascotas con tanto exceso.



El exceso siempre es malo. Y eso no la convertía en una persona buena con otros; sólo con sus animales que nunca podían quejarse de ella, oyentes sin habla y juicio de su hacinamiento perruno. Miré por la cerca y un perro chico y negro, me saltó encima, dándome una mordida en el brazo que pude usar como escudo para taparme el rostro. Un mal presagio, ¿represalia de la tía muerta? Ahora vacunas para la rabia, y a ver cómo ordenamos esto. “Fe en el Caos” pensé y al fin entendí.

Publicado en www.lapagina.com.sv

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