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jueves, 7 de octubre de 2010

La Princesa de Hielo y el Fantasma de Fuego


 La Princesa de Hielo se sujetaba a los barandales todavía congelados de la isla en donde se había condenado ella misma a vivir, para ver como su aliento dibujaba cristales de hielo en aire. Caminaba por los senderos llenos de espigas cargadas de un manto blanco que llegaban hasta las orillas del mar. Siempre se deslizaba por el aire por ese espacio donde el silencio amansaba cualquier desorden. Sonreía al ver las hadas y duendes, compañeros de sus juegos infantiles.
Era tan bella para sus súbditos, su cabello blanco y su rostro alargado inspiraba a los faunos albinos a escribir sobre los lagos congelados su nombre cada día. Entre suspiros, se sentía el rebosar de la frialdad de su mágico reino. 
Una tarde al caminar por sus senderos mágicos le llamo la atención una extraña imagen. Un gran cono de fuego emergía desde al mar entre llamaradas rojas y piedras incandescentes, una pequeña isla surgía a poca distancia de su hogar. Su miedo no helo su sangre, pero si su corazón sintió temor al ver la furia y el odio de esas llamaradas.
—¿Cómo puede un color tan extraño mostrar tanta fuerza?
—Princesa, no debes preocuparte, lo que siempre es desconocido puede causar temor, yo lo siento ahora, pero solamente es una isla que nace, tu sensibilidad virginal, no debe alterarse, le explico su fauno predilecto.
—No quiero ver más esta escena, ustedes deben hacer algo, mi alma me dice que nada que nazca de esa ira de la tierra puede ser bueno para nosotros.

El fauno levanto sus hombros y agacho la cabeza sin saber que responder. No podía hacer sentir a su princesa mal, y le dolía verla turbada.  
Pasaron los días largos y  un  hollín mezclado con nieve comenzó a caer manchando con pequeñas islas negruzcas los blancos terrenos de la princesa. Ella no sabía qué podía ser eso. Se acercó a la orilla de mar que servía de frontera y divisó con sus ojos blancos, una extraña figura con un traje carmesí cubría, largos guantes negros hasta los codos, y la forma de flotar sobre el agua, impresionó a la Princesa de Hielo.  
—Desde hace días que te miraba tan blanca y tan quieta mirando hacia acá.
—No miraba, no hay nada que ver, solo esos pedazos negros los cuales caen sobre mis dominios.
—Yo si te observaba y aunque no puedo tocarte moriría por hacerlo.
—¿Por qué no puedes tocarme? Temes que pueda hacerte feliz.
—Nunca deberías responder por otros, quienes te sirven deben hacerlo ya que ellos viven de tu belleza, yo vivo, en mi esencia, de mi propio tortura de haber nacido del dolor de la tierra.
—No conozco la palabra dolor, ella fue exiliada de mis territorios hace mucho.
—Pobre belleza blanca, tus palabras son frías, pero tu mirada tiene el símbolo de la curiosidad. No sabes lo que se siente sentir el calor en las entrañas y ver el fuego salir de tus labios. Temes hasta tocar mi mano, pues conocerías la sensación del calor. Te puedo asegurar que mis labios rojos harían que tu cristalino corazón saltará de tu vestido blanco.
—¡Yo no temo a nada! Soy una princesa, mi sangre es fuerte como un témpano.
—Entonces toca mi mano, y tu valentía será fundada en la verdad, y no en lo que tú crees, mi amor por tu belleza, me atrae y me dará la vida, te serviré como el mejor de tus esclavos.

La Princesa de Hielo meditó  y reflexionó. Qué podía perder, simplemente era un fantasma sin nada que la pudiera dañar. Puso su blanca mano en la palma mortuoria del Fantasma de Fuego. Una calida sensación emergió de su interior hasta producirle un enorme placer, en ese momento su enamorado, la tomo en sus brazos y con un beso incandescente, selló su suerte. Mientras la Princesa se derretía lentamente miró fijamente a su asesino de fuego, y una furtiva lagrima corrió por sus mejillas confundiéndose con la lluvia, la cual era su punto final. El Fantasma de Fuego agacho su cabeza y le susurró al oído…
—El amor puede ser el fuego que te da vida, pero en tu caso, es el fuego quien te condena. Ya no tendrás tiempo para volver a escuchar ni siquiera tus frías palabras de cuentos de hadas. Yo soy el fuego, y ahora todo arderá.

Desde ese día, el Fantasma de Fuego, cada vez que se mira en las lagunas de azufre de sus nuevos dominios, recuerda como las palabras, al fin y al cabo, matan sin ninguna compasión, y siempre sonríe con amargura.

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