En estos días de “Bicentenario”, quien se me viene a la mente asiduamente es Violeta Parra. Ella posee una voz viva, incluso después de la muerte. “Gracias a la vida”, que Mercedes Sosa interpretaba, fue compuesta y cantada por ella. Violeta Parra me hereda un bello recuerdo del Chile de mi niñez. Por eso que lo sucedido en mi habitación prefiero atribuirlo a su propia alma que vive en Santiago, y desde allá, en estos días de los 200 años, vuela más libre.
Son las cinco de la mañana. Un ruido imperceptible surge del cristal. Abro la ventana y una pequeña ave, encogida en la esquina, me ve directo al rostro. Sus alas dejaban ver pequeñas heridas. Poseo una aversión por los pájaros. Esta oportunidad el ave me provocó un sentimiento de humanidad, ya que los animales en estos tiempos tienen más capacidad de hacer sentir sentimientos que debería invocar el hombre. Traje una antigua jaula, que estaba en el desván, para darle posada a la pobre. Con los días, fue mejorando y el trinar regreso a su pequeño cuerpo. En mi despertad moraba la virtud de las bellazas que no ven pero se sienten en el canto. Me narró que su dueño anterior la maltrato por no cantar al ritmo que quería. Así fue pasando el tiempo y me acostumbre a su trova.
Daba color a las grises mañanas otoñales y sus expresiones eran dulces como racimos de uvas. Un día llego una carta de su amo anterior. Sin mediar trinar, huyó hacia su prisión antigua. Mi tristeza me agobio. Maldije el día, la hora, el segundo que abrí mi ventana y acogí a la cruel ave. Me jure que surgiría de las cenizas como Ave Fénix. Me prometí por todos los saltimbanquis, payasos y bufones de esta humanidad que no volvería a dejar entrar a nadie por los portales de esa ventana. Pedí consejo al Oráculo de los libros, pero ni Maquiavelo, Hobbes, Locke, Gramsci o Sartori me contestaron
¿Dónde está lo aprendido en esta situación? Me dio frío pensar en como la razón puede engañarse. “Por la razón o la fuerza”, están escrito en el escudo de mi antigua patria, me grite para mis adentros. Entonces por la fuerza debe ser, no importa quien tenga que doblegar mi mente, yo no veo la diferencia entre empleado y patrón, entre juez y fiscal, entre prisioneros y carceleros.
Pasó el tiempo con la rapidez que siente el condenado al cadalso. Así una mañana regresó esa ave. Más herida, y en silencio, entró sin saludar a la que ahora era simplemente una vieja jaula oxidada.
Sobre sus pupilas deslizan negras lágrimas. Con mi pañuelo las recojo y limpio sus grises ojos de ave rapaz. Me sacaste el corazón- le dijo.
Ella sólo me mira sin parpadear. Durmió sobre su nidito de espinas, mientras la veo por última vez suspirar. Ahora es libre de ese duro amor que sintió en su vuelo. Yo permaneceré amarrado a su recuerdo violeta en estos días del “Bicentenario”.
Publicado en www.lapagina.com.sv
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